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Pablo Caballero es ex-secretario general de FUCVAM y actualmente integra el Consejo de Administración de la Escuela de Cooperativismo de FUCVAM: ENFORMA.

Este domingo de otoño aquí en Montevideo, al Sur de América; nos regaló una tarde de sol templado y cielo celeste. Sentado en mi viejo sillón frente a nuestra cooperativa de viviendas, se me ocurre pensar en lo pequeño y enorme de nuestro mundo.

Nuestra cooperativa nacida ya hace 49 años dentro del sindicato de los trabajadores del ferrocarril de Uruguay es una muestra de como nació el movimiento cooperativo en el país: como una forma colectiva y participativa de solucionar el acceso al derecho a la vivienda,  y vaya si esta forma colectiva ha dado resultados positivos en este medio siglo: más de 600 cooperativas logradas en todo el país, 23 mil familias gozando una vivienda digna, y un modelo trasladado a más de 14 países en Latinoamérica y el Caribe.

Una de las bases principales del movimiento cooperativista es tomar la vivienda en propiedad de uso, como lugar para desarrollar la vida de las personas y no como una mercancía que se compra y se vende. Por eso las cooperativas en Uruguay son mayoritariamente de propiedad colectiva, y no privada individual.

Como en gran parte del mundo esta visión choca contra el manejo capitalista de la vivienda: la obtienes si tienes con que comprarla. Por eso otra de las características del modelo en Uruguay es que quienes optamos por la vivienda cooperativa, no somos ni sujeto de crédito ni poseemos los ahorros necesarios, y nuestro aporte lo hacemos trabajando como peones en la construcción de nuestras viviendas. A eso le llamamos “ayuda mutua”.

Esto junto al proceso de autogestión y democracia participativa o directa genera vínculos humanos de colaboración y solidaridad camino a la construcción de nuevas comunidades.

Porque en definitiva eso es una cooperativa: la creación de vínculos humanos basados en la colaboración mutua, la equidad y el trabajo colectivo.

Vínculos de respeto y afecto, un camino posible a un mundo más solidario. Esta práctica llevó al modelo cooperativo uruguayo a ser premiado en 2012 con el Premio Mundial del Hábitat por la transferencia a otros países. Esto hizo que en un mundo globalizado las buenas practicas de Uruguay se conocieran a nivel internacional.

Esto continuó cuando, en setiembre de 2013, organizaciones de África y Sudamérica intercambiaron experiencias con los residentes de nuestra cooperativa en Uruguay. Esto sirvió para empoderar a estos habitantes de los más distintos lugares que ellos también pueden adoptar esta idea, darle las particularidades de cada territorio y lograr una vivienda digna a través de ella.

Mientras pienso en esto me vienen a la memoria mis visitas a La Borda en Barcelona, a Chamarel Les Barges y Le Village Vertical en Lyon; o a las cooperativas de Ginebra, Berlín y Cochabamba en Bolivia, en las calurosas tierras de Paraguay o el renacimiento del cooperativismo en México de la mano de los compañeras y compañeros de Guendaliza o Yelitza.

Con todas ellas viví experiencias y trabajos de incidencia por lograr bancos de tierras, normas jurídicas favorables o financiamiento estatal para poder desarrollar políticas públicas para los sectores más vulnerables.

Sé que hoy están naciendo nuevas experiencias en el Este de Europa, incluyendo en Budapest, y en Viena. Y sé que lograrán su sueño si esta es la forma de crear esos vínculos humanos necesarios para lograrlo.

El mundo es enorme cuando lo miramos de a uno, cada cual en su pequeña aldea, intentando resolver solos nuestros problemas, pero se vuelve pequeño a la vez cuando compartimos sueños, afectos y experiencias buscando soluciones, buscando otro mundo.

Enamorémonos del trabajo en común, del esfuerzo colectivo. Sigamos soñando convencidos que en las experiencias de vivienda participativa tenemos un camino posible para lograrlo.


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