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Al entrar por primera vez en una aldea en la zona rural de Sindh, al sur de Pakistán, instantáneamente me atrapan los contrastes de colores. Intensos tonos de rojo, verde y rosa reposan brillantes sobre el árido paisaje polvoriento. Aquí, la acidez del suelo dificulta el cultivo, y la sequía de este año lo ha hecho todavía más árido.

Pero, en contraste, lentejuelas doradas emiten destellos desde las prendas sari, y hacen que las mujeres brillen bajo el implacable sol del mediodía. Toda la aldea nos saluda. Hombres, mujeres y niños nos guían hasta la primera chulah, una cocina sin humo en la que se observa una mujer sentada sobre una plataforma elevada, con una decoración hermosa de majestuosos pavos reales y flores de color azul y amarillo brillantes.

Tiene dos hornallas en funcionamiento: en una, una losa negra plana para cocinar suaves y redondos chapatas, y en otra, una olla con aceite hirviendo, del que escurre especiadas pakoras de verduras. Es Diwali, por lo que todos están cocinando y todas las mujeres que encontramos nos invitan a probar algo que prepararon.

Al conocer a estas mujeres, en seguida se hace evidente la magnitud del impacto que tuvieron estas cocinas en sus vidas. Me cuentan los beneficios: menos accidentes provocados por niños que se caen sobre la llama expuesta de las cocinas en el suelo, mejoras en la salud gracias a que se inhala menos humo y los alimentos se contaminan menos, y mejores ingresos, ya que la cocina doble les permite preparar comida suficiente como para vender una parte. Pero la confianza en la manera de hablar y las sonrisas en las miradas, que emanan una sensación de euforia, nos cuentan mucho más.

El programa Chulahs de Pakistán, que inventó y trajo a la zona la Fundación Heritage de Pakistán, fue uno de los dos ganadores de los Premios Mundiales del Hábitat de 2018. La verdadera belleza de este proyecto es que está a cargo de las personas sobre las que más impacto tiene, y promueve el empoderamiento de las mujeres y la solidaridad. Conocí a una mujer, Champa, que se convirtió en una verdadera emprendedora, ya que lidera las capacitaciones de 30.000 personas más sobre la construcción de chulahs. Una enorme cantidad de mujeres nombraron a Champa cuando les pregunté cómo habían conocido las cocinas sin humo. Otras habían empezado a fabricar y vender los ladrillos de barro que se utilizan para la construcción, y todas las mujeres empezaron a hacer su propio combustible energéticamente eficiente con estiércol y aserrín.

Las chulahs se convirtieron en mucho más que cocinas. Representan una oportunidad en una sociedad en la que las mujeres de zonas rurales enfrentan un sinfín de desventajas. A medida que empezaron a ganar dinero, algunas mujeres aprendieron a firmar con sus nombres para abrir cuentas bancarias. Un acto tan simple como firmar algo es un logro enorme para mujeres que nunca tuvieron la oportunidad de ir a la escuela ni de aprender a leer y escribir.

En las aldeas, las mujeres y los niños se sientan sobre la gran plataforma plana de la chulah, y la transforman en un área social, para reírse y compartir experiencias. Cada mujer tiene su propia cocina, que construyó y decoró con sus propias manos. Esto alienta la propiedad, la creatividad y la individualidad. Básicamente, la chulah les ofrece a las mujeres la oportunidad de tener su propio espacio y ejercer su voluntad dentro de este y más allá, y todo con dignidad y orgullo.

Desde la primera capacitación que brindó la Fundación Heritage a 35 mujeres sobre el arte de la construcción de cocinas, el proyecto se expandió magníficamente y de forma orgánica. Hoy, se pueden ver chulahs en 150 aldeas de toda la región, que benefician a más de 100.000 personas.

Pero, si bien el éxito es innegable, cuatro de cada cinco paquistaníes siguen viviendo en zonas rurales, en las que luchan por satisfacer sus necesidades diarias. La mitad de la población de Sindh vive en la pobreza, y esto no solo quiere decir que no tienen dinero suficiente. El sector público prácticamente no provee agua corriente ni servicios de saneamiento, los índices de analfabetismo son altos y los niños no pueden ir a la escuela. Además, no hay acceso a atención médica ni a electricidad, y el transporte público y las calles pavimentadas brillan por su ausencia.

Es este contexto, la chulah —algo tan simple como una cocina— se ha convertido en una herramienta vital. La posibilidad de cocinar panes papadam adicionales en las grandes cocinas implica que las mujeres pueden generar un poco de ingresos con la venta de alimentos. Con la ayuda de la Fundación Heritage, pudieron ahorrar lo suficiente para construir baños y bombas de agua en sus aldeas. Y, poco a poco, estas cosas son las que ayudan a las personas a mejorar sus vidas y a luchar para salir de la pobreza. Tras el impacto que ha tenido en tantas personas de las zonas rurales de Pakistán, es evidente que el proyecto de chulahs alberga un enorme potencial para replicarse y guiar a miles de familias más en su lucha para salir de la pobreza.


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