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Los Premios Mundiales del Hábitat representan nuestra competencia anual para identificar y reconocer los mejores ejemplos que podamos encontrar de cómo las personas están resolviendo algunos de los problemas de vivienda más difíciles del mundo.

El anuncio de nuestros ganadores marca el inicio de una nueva misión: compartir y promover el maravilloso trabajo que realizan.

La semana que viene, CARE Filipinas (ganador de los Premios Mundiales del Hábitat de 2017) llevará a cabo un evento con nuestro apoyo, para compartir sus conocimientos y experiencias sobre la asistencia a la auto-recuperación con profesionales y colegas en Manila. Este evento que promete ser invaluable, me llevó a reflexionar sobre cómo compartimos el trabajo de otro de nuestros ganadores de 2017, Vivienda Mutua California.

En noviembre de 2018, Vivienda Mutua California me recibió, a mí y a nueve personas más, en su casa en Sacramento. A medida que íbamos conociendo más a esta organización sobresaliente, hablamos mucho sobre el “condimento secreto” de Vivienda Mutua. ¿Qué es lo que está haciendo el proyecto Vivienda Mutua que lo hace tan especial?

Vivienda Mutua ganó los Premios Mundiales del Hábitat de 2017 por Vivienda Mutua en Spring Lake, pero esto es solo una parte de la historia. En la actualidad, desarrollan un total de 17 programas que ofrecen más que vivienda asequible. Los coordinadores comunitarios, el personal y los residentes —todos miembros de la organización— trabajan juntos para crear y desarrollar comunidades, y ofrecen una gran variedad de actividades, como capacitaciones, desarrollo de liderazgo y fortalecimiento de las capacidades.

Conocimos al personal y a los residentes, y todos fueron muy convincentes y representantes absolutamente genuinos de la organización y su misión. Todos los residentes con los que estuvimos transmitieron orgullo, satisfacción y un sincero sentido de pertenencia a su comunidad, y todos nos dijeron que no estarían donde se encuentran hoy de no ser por Vivienda Mutua.

Visitamos Vivienda Mutua en Highlands, un desarrollo de “vivienda primero” (mediante el que se les proporcionan viviendas, apoyo integral y alquileres seguros a las personas sin hogar, sin requisitos previos).

Quedé maravillada al compartir una mesa con personas que han experimentado más situaciones traumáticas en su vida de las que muchos de nosotros enfrentaremos jamás. El solo hecho de seguir funcionando después de momentos tan duros me parece un logro. No obstante, ellos estaban nerviosos por tener que hablar con “todos estos profesionales”, nos contaron los desafíos que enfrentan para participar y comprometerse, para involucrarse en tareas de representación, del deseo de aportar algo para recibir más vecinos… podríamos haber estado sentados en la sala de juntas de cualquier asociación de viviendas del mundo.

Al día siguiente nos sentamos frente al glorioso mural de Spring Lake. Si bien había visto fotos, me impactó más en persona: cubre toda la pared de la sala de reuniones comunitaria con un alegre retrato de la vida de los residentes de la zona.

Escuchamos las reflexiones de los residentes sobre cómo les cambió la vida desde que se mudaron a la comunidad. Las experiencias narradas provocaron lágrimas, cálidas sonrisas y carcajadas en el grupo. Spring Lake se destinó exclusivamente a trabajadores agrícolas a los que, por un lado, se les confía la tarea de producir y cosechar los alimentos de gran parte de la región y más allá, y por el otro, se los trata, según los sistemas de vivienda reglamentarios, con desdén e incluso desprecio. Los residentes nos contaron sobre sus vidas antes de Spring Lake: vivían en lugares húmedos, infestados, apretados, inseguros y con precios excesivos. Vivían aterrados, aislados, ignorados y en soledad.

Claramente, compartir y apoyarse mutuamente es la esencia de la comunidad de Spring Lake. Las personas se sienten seguras, son más saludables y prosperan. Sus hijos pueden seguir yendo a la escuela. Comparten la comida entre todos, y tienen una facilidad para integrarse y un sentido tan natural de pertenencia imposibles de simular.

La frase que más me marcó surgió de Leticia, una residente que compartió su experiencia con nosotros: “Es amor. Una comunidad construida con amor”. Tal vez ese sea el condimento secreto. En general, yo soy la primera en burlarse de los cliché, pero estas personas tan felices y sus historias maravillosas me convencieron.

Nuestra visita coincidió con el peor incendio forestal que se haya registrado en la historia de California. La evidente molestia generada por el humo y su peso sobre los pulmones me hicieron pensar en la gente que sigue sin hogar o vive en casas de calidad deficiente, ignorada y olvidada. El mundo está repleto de personas que necesitan el condimento secreto, pero me llena de esperanza saber que organizaciones como Vivienda Mutua —y CARE Filipinas, claro— comparten sus recetas con mucho gusto.

¿Su proyecto tiene un “condimento secreto”? Participe en los Premios Mundiales del Hábitat de este año hasta el 31 de marzo, para tener una posibilidad de compartirlo y celebrarlo.


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